Nuestro hogar (y 3)

febrero 3, 2010

Madre no quiso que se la llevaran al hospital. Prefirió seguir echando una mano y levantándose la primera para hacer el desayuno. Un mal día no se levantó. Yo tenía treinta y cinco años y no lloré, no porque no fuese una gran ocasión para hacerlo, sino porque el dolor que sentí fue tan grande que estuve cuatro días como ido, ausente. A los cuatro días reaccioné y tuve que guardar cama. Lo hice en mi habitación, aquella habitación arrancada al cuarto trastero.

Padre se apagó el día que se hundió la pared del establo. Aquella masa lo aplastó. Pero no renegó. Tras la muerte de madre, aquella fue una de las escasas ocasiones en que era feliz, porque había sido feliz levantando aquel adosado para los animales.

Allí fuera quedaron enterrados los cuatro, junto a nuestro hogar, en nuestro terreno, mirando nuestro valle. Y cuando había conseguido sobreponerme a las pérdidas, cuando nuestro hogar estaba más fuerte, cuando iba a tener nueva compañía para la casa, dijeron que lo iban a demoler.

Pero eso no era nada nuevo. Otra vez aquel proyecto que una dictadura no pudo llevar a cabo, precisamente, porque los que ahora mandan, demócraticamente,  se opusieron en su día y con todas sus fuerzas a que se hiciera. Bueno, ellos y nosotros, que nuestros buenos disgustos y carreras nos costó. Por eso no me preocupé.

Resultó que lo que una mano fuerte no hizo, otras cubiertas en guantes de seda lo llevaron a cabo. Ellos que hace años se negaron a que la zona desapareciera bajo las aguas de un nuevo pantano, consiguieron que el valle muriese ahogado.

Llegaron las máquinas, los monstruos que movidos por hombres, llevaron a cabo la tarea de derribar aquel pequeño paraiso natural para poner en su lugar un engendro artificial.

Por eso, decidí que sería mi mano la que derribase mi hogar, no otras ajenas a su historia. Por eso, también, decidí poner fin a mi vida. Si desaparecía lo que tanto nos costó levantar, yo desaparecería con ello, era justo. Si esos señores creían conveniente acabar con una serie de ilusiones y arrancar de cuajo muchas raíces, no les dejaría el gusto de tocar nada nuestro, ni les imploraría.

Claro, al final, el instinto de conservación, ese que nos empuja a seguir cuando creemos que no aguantaremos más, pudo a mi afán autodestructor. Por eso sigo viviendo, aunque me tuve que ir del valle. Que se va a hacer.

Bueno, sigo viviendo por eso y porque un buen día aparecieron unos señores con un cheque con seis ceros y unas cifras delante, una especie de indemnización, me dijeron.

Ahora, que voy a contar, ahora soy un señor, con cuenta en el banco y me rio al recordar que estuve a punto de suicidarme  por cuatro paredes que ni siquiera eran de hormigón.

La de tonterías que puede llegar a pensar uno en aras de unas ideas que sólo son eso, ideas. Con lo bien que vivo ahora.


mel gibson al límite en españa

febrero 2, 2010

Ayer estuvo en Madrid el actor y director Mel Gibson, para promocionar su última película en la que interviene como protagonista, dejando a un lado su faceta de director.

Hacía unos ocho años que no actuaba ante las cámaras.

Y llegó, con jet lag, vió y firmó y se fotografió con todo aquel o aquella que lo requirió. Amable y sonriente hasta la extenuación.

Hace unos días, Morgan Freeman también vino para promocionar Invictus, pero fue visto y no visto, por lo menos para los aficionados que le esperaban en la puerta del cine.

¡Qué pena y otra vez será!