Las Desgracias nunca vienen solas…

Me temo que ésta no es sino la primera de una serie de desgracias, pensó mientras se miraba en el espejo la incipiente calva, algunos cabellos caídos sobre los hombros, el paso de los años, la inminente pero aún no prominente barriguita, los primeros síntomas de artritis en sus dedos largos y rectos y el primer rictus de dolor en su atractivo rostro.

Y cayó en la cuenta de que aquel espejo le estaba diciendo demasiadas cosas que no quería ver. Comprobó, con emoción contenida, que ese espejo estaba instalado en su memoria, concretamente en la entrada a la habitación de sus recuerdos.

Y también cayó en la cuenta de que ya no tenía veinte, treinta y quizá tampoco cuarenta años, sino, tal vez posiblemente, casi con seguridad, algunos más, o no, quién sabe, una vez que te pones a cumplir años, te enredas y es que no paras, y si paras es peor porque está muerto.

Entonces le asaltó la duda. ¿Muerto no cumples años? ¿Son distintos los años de los vivos a los de los muertos? ¿Se empieza a contar desde cero esos años? Es decir, tengo un año de muerto, dos años y así sucesivamente. Un dilema que tratará de resolver a pensar más adelante.

Ahora le preocupa esa alopecia, esa barriga y esas bolsas en los ojos que acaba de descubrir… con una nueva inquietud.

-Cosas de la edad-

¿Seguro?

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