Tanto tiempo en el hospital. Un montón de meses. Sufría el síndrome de Estocolmo hospitalario. No quería salir. Me encontraba cómodo, era fácil, me lo daban todo hecho y planificado. Rutina sanitaria. Me llegó a dar miedo la calle, irme de allí. Estaba seguro. Si tenía una recaída, no tendría problemas, estaba ya en el sitio adecuado. Si enfermaba por otra causa, sea cual fuese, tenía a mano a los médicos, las enfermeras. Ellos harían las pruebas pertinentes, me darían la medicación adecuada. Que se me había perdido fuera.
Me daban de comer, de beber. Me vestían, aunque fuera con un jodido pijama azul, con las iniciales del hospital, y lo podía cambiar tantas veces como hiciese falta, por otro jodido pijama azul, con las iniciales del hospital.
Era mi vida normal. ¿Estaba normal? ¿Estaba mi vida normal? ¿Que era lo normal y que era lo anormal?
Lo normal es un hospital es estar enfermo, a no ser que seas personal sanitario, entonces es tu trabajo. Y si yo estaba enfermo, lo normal era estar ingresado en un hospital.
Podía pasarme días enteros en la cama que nadie me llamaba vago, podía pasarme días enteros son hablar, sin mirar, sin tener que vivir…
Análisis por las mañanas. Pruebas después de desayunar. Reposo después de comer.
No tenía ni reloj. Para qué necesitaba saber la hora. No tenía ningún sentido. No iba a ir con hora a ningún lado. Ni llegaría pronto, ni llegaría tarde. No tenía que ir. Todo estaba allí. Casi al alcance de la mano. Era un parásito. Me daban todo lo que necesitaba. Lo tomaba. La cama lo tomaba de mí. Simbiosis. Sedentarismo.
Escrito por lcuenca